domingo, 1 de agosto de 2010

Esencia

Esencia

Una sucesión de fotos.  Un tira de imágenes congeladas que parecían estar esperando a saltar de los lienzos para atacar al intruso que osaba posar los ojos en ellos.
Retratos.  Retales de risa, como fantasmas de humo que descansaban en los colores de la pintura.  Imágenes de unas vidas colgadas de las paredes, silenciosas, como mariposas de hierro que no podían volar.
El Comprador buscaba entre las interminables hileras de cuadros a aquel que le recordase algo perdido, algo importante, aunque no sabía qué.  Veía las obras con aire impasible, sin embargo en su interior algo se agitaba al contemplar los hermosos dibujos.  Hasta el más triste de los cuadros reflejaba tal belleza que costaba contener las lágrimas al mirarlo.
Retales de suspiros que aún se oían, pedazos de alma, arrancados y colocados en la tela, aguardando su dueña.
Este comprador no buscaba el cuadro más hermoso, ni el más estrambótico.  No buscaba el que más captara la atención del público, ni el más oscuro, ni el más alegre.  Buscaba “el cuadro”.
Ese cuadro que, según decían, capta tu esencia, y cuando lo ves recuerdas algo, una parte de ti que tenías dormida.  Ese vacío que te falta en la vida. 
Llevaba mucho tiempo buscándolo, mirando en galerías y más galerías, en museos y en tiendas, en estudios y mansiones…pero no lo encontraba.
Esta artista era la última, y con ella esperaba encontrar el cuadro, pues sabía que era una de las mejores haciendo eso, captando esencias.
Sin embargo, nadie la había visto.  Jamás.
Suspiró con resignación al llegar al final del estudio.  Nada en todos sus pasillos se parecía a lo que él buscaba.  Se dio la vuelta y se dirigió a la persona que lo esperaba unos metros más atrás.
-Quiero verla-anunció con voz firme.
La persona negó, pero el comprador sabía que no podría impedirle que hablara con ella.

Bajó del coche oscuro y cerró la puerta.  Hacía un día horrible.  Negros nubarrones anunciaban el diluvio.  El Comprador se ajustó el abrigo y subió lentamente los escalones de la entrada principal del hospital.
La enfermera le indicó la habitación y él llegó enseguida.  La persona lo seguía de cerca, y le comunicó con un gesto que lo esperaría fuera de la habitación. 
-No tardes-, le dijo con voz áspera.
Él asintió y abrió la puerta.  El cielo, como si quisiera remarcar el instante en que la vio, dejó escapar un relámpago y, tras el trueno, empezó a llover.
Era una muchacha joven, muy joven, vestida con una camisa azul que le estaba grande, manchada de pintura, y el pelo castaño recogido hacia atrás con un pincel.  El pantalón de chándal y calcetines de rayas para que no se le enfriaran los pies.
Estaba sentada sobre el alféizar de la ventana, contemplando ensimismada la lluvia en el cristal, perdida en su mundo.
El Comprador le habló, pero no obtuvo respuesta a pesar de que insistió.
Desanimado, se dio la vuelta para marcharse.  Sin embargo, por algún extraño motivo, miró hacia un rincón de la habitación que antes no había visto.  En él se encontraba un caballete, con un lienzo recostado sobre su gastada madera.  El lienzo estaba de espaldas, por lo que el Comprador no vio qué había en él.  Se acercó lentamente, como atraído por un imán.  Al mismo tiempo percibió una presencia a su lado y se giró alerta.
Era la muchacha, que se había levantado y estaba a su lado, de pie, mirándolo con expresión indescifrable.
El Comprador la miró, y vio con sorpresa sus ojos castaños, casi verdes, tan profundos y vastos como si te asomaras a un gran mar en calma, clavados en él.  Sintió que se asustaba, pero mantuvo la calma aún mientras ella decía:
-Tengo algo para ti.  Te lo daré cuando sea la hora.
Comprobó que su mirada era seria, con un leve matiz de interés, y que su rostro era sereno.
El Comprador no entendió, pero asintió, y ella a su vez le indicó la puerta con un leve gesto, dando la visita por zanjada.

 Una sucesión de fotos.  Un tira de imágenes congeladas que parecían estar esperando a saltar de los lienzos para atacar al intruso que osaba posar los ojos en ellos.
Retratos.  Retales de risa, como fantasmas de humo que descansaban en los colores de la pintura.  Imágenes de unas vidas colgadas de las paredes, silenciosas, como mariposas de hierro que no podían volar.
El Comprador se dirigió por los pasillos del estudio hacia la sala central, donde le esperaban.  En ese momento lo llamaron y le avisaron de que el entierro sería a las doce de la mañana.  La pintora había muerto.
Se tomó un momento para respirar, y entonces entró en el estudio una persona que portaba un cuadro tapado por una tela.
-Es para ti-informó el extraño.-Es de ella.
El Comprador lo miró con horror, no muy seguro de querer verlo.  Tras unos largos segundos en los que le temblaron las manos, arrancó la tela de un tirón y, casi con avaricia, posó sus ojos en aquella obra de arte.
Miró largo tiempo el cuadro, en absoluto silencio, sin parpadear.  El mundo parecía haberse detenido un instante, en el que se olvidó de respirar.  Suspiró profundamente, y apartó la mirada hacia un lado. 
Después no pudo parar de llorar.  


*Bueno, aquí mi primera historia!!! Debo decir que la creé hace bastante, pero me gusta mucho a pesar de lo extraña que es!!! Animaos a dejar un comentario, o una crítica, que me haréis muyyyyy feliz!!! Gracias!!*

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Opiniones para Shiena